martes, 18 de septiembre de 2012

Podrás dormir cuando estés muerto.


El sueño llama a mi puerta con tanta fuerza que siento que la va a tirar abajo. Cierro los ojos, arrugados como viejos papiros, y me masajeo las sienes... 
Los abro, todo parece estar en una repentina calma. Miro a mi derecha, tras las ventanas, una vacua oscuridad. Me doy la vuelta, los sillones descansan sin nadie a quien soportar, frente a la pantalla plana. ¿Soy yo quien la observa o ella a mi? No esta encendida, quizá sea yo quien debe ser visto y no al revés. 
Me arranco un ojo y lo escruto con detenimiento. No es mas que una bola de agua bañada en vida roja. Lo hago girar encima de mi mano y apunto en mi dirección. Esos círculos concéntricos me ponen de los putos nervios... 
Aparto la vista, me tiembla la mano, dominada por el miedo y no por mi mente. Me pongo aún más nervioso, no me controlo...
tiemblo.
Empiezo a notar cómo es ahora el corazón el que golpea, con tanta fuerza como antes Morfeo. Sufro una rápida y repentina convulsión. Quiere salir, ¡¡QUIERE SALIR...!!
El ojo se me escapa de entre los dedos, siento un dolor agudo resultado de un nervio óptico que tira con fuerza del vestigio ocular. Esto debe ser una señal, puede que ese ojo sirva de algo todavía. 
Entre convulsiones, introduzco la bola en su cuenca y trato de relajarme. Los temblores se detienen, dejando migraña y un incesante dolor en mi ojo. ¿qué es? ¿Habré hecho algo malo?
Bajo las escaleras tan rápido que no sé como no me mato. Llego al baño, enciendo la luz y observo la imagen reflejada:
En mi ojo se asoma una mujer de cabellos carmesí que se baña en la sangre de su interior. Yo sé lo que es, pero no quién es.
En mi miembro se balancea la mujer del vestido rojo, como si fuera una liana con la que jugar. No me da placer, sólo avidez de algo que realmente no deseo.
En mi pecho, abierto de par en par, se columpia la del pelo castaño, tan bella, tan hermosa. La viva imagen del amor hecho persona. Pero se columpia apoyada en mi corazón, sin darse cuenta de que son mis venas quien mantienen su columpio. Me hace daño, ¿esta jugando o es que no sabe como estar conmigo? Duele... duele mucho, las venas no soportan tanto peso. Se rompen... se rompen... se rompen...



Y abro los ojos, dejo de masajearme las sienes...

Y me voy a dormir.

sábado, 11 de agosto de 2012

Un bonito regalo de rojo amor.

Mis ojos se abrieron como papel viejo y arrugado. Me sentía débil de cuerpo, agotado de mente y triste de alma. El semblante expresó su habitual cara de desagrado; odio dormir, y aún más despertarme. A veces pienso que debería volarme los sesos y así no volver a despertar.
Me incorporé soportando los lamentos de mi estómago y miré con cansancio a Lydia, acurrucada hacia su lado de la cama, dándome la espalda. Sus cabellos rubios siempre me habían gustado, los acariciaría si no fuera porque estaba cabreada conmigo. El collar que le regalé anoche no le gustó en absoluto y estaría una temporada sin hablarme. No era un colgante corriente, muchos lo considerarían una locura, pero yo no estoy loco. Yo amo y la he mostrado todo el amor "loco" que siento por ella. Y si amar es una enfermedad mental entonces que me lleven al psiquiátrico de mayor seguridad que encuentren.
Me levanté como pude y me dispuse a desayunar mientras intentaba recordar algo de anoche. Tras dos botellas de vodka, unos porros y una cajetilla de cigarrillos que compartí con Lydia, en lo que se suponía que era una noche especial, recordar no era mi fuerte.
Seguía pensando en mi querida Lydia mientras desayunaba la repugnante leche semidesnatada de siempre con las galletas rancias del chino de abajo. La quería, la quería tanto... Hace años dejé mi trabajo y el final de mi carrera por huir con ella lejos, tan lejos como nos lo permitiera el poco dinero que teníamos. Trabajabamos de lo que podíamos y con lo poco que ganábamos nos pagábamos el apartamento, comida, bebida y algún que otro capricho. "Una vida simple y sin futuro", aquello me lo habían dicho tantas veces que ya no causaba mella alguna en mi persona. Lo más importante para mí era Lydia, e iré con ella hasta el fin del mundo.
Desayuné solo, como siempre. Mi querida siempre se levantaba tarde. Aquella era una de las cosas que no me gustaban de ella. Me levantaba siempre solo, limpiaba un poco e intentaba escribir algo o componer alguna canción nueva. Todas las mañanas que no trabajaba eran así, mientras Lydia dormía para más tarde aparecer medio muerta, incapaz de darme un simple beso.
En la soledad matutina muchas veces me planteaba si ella me querría tanto como lo hacia yo por ella. Siempre estaba en su mundo, en el que tampoco tenía mucho que hacer, pero le costaba encontrar tiempo para mí. Me sentía tan solo a veces... Quizá se follaba a otros, era uno de mis mayores miedos. Las veces que dejaba caer el tema enfurecía o entristecía, lo hablábamos, lo hacíamos y todo volvía a ser la mierda de siempre. La confianza es vital en una pareja, y esta se forja con el hábito de los actos de la droga del amor. Yo había renunciado a todo lo que tenía, incluso a mi familia y amigos, por irme a este cuchitril alejado de la mano de Dios - si es que existe -. Ella también había renunciado a algunas cosas, pero esta decisión fue suya. Yo... yo la acepté porque estaba loco por ella, como ya tantas veces he dicho. Había mandado a la mierda a mi familia y amigos, por lo que ya no contaba con verlos jamás, y no me importaba, porque la tenía a ella. Sólo que las cosas son tan distintas a como las había imaginado...
¿Me quiere? ¿cuando fue la ultima vez que hizo un gesto de amor que no fuera el dulce sexo? Apenas teníamos tiempo para abrazarnos con todo lo que trabajamos para continuar con esta basura de vida. Además ella siempre estaba cansada y triste por sus movidas ¿Qué culpa tenía yo de eso? Había llorado ríos de lágrimas pero nada cambiaba. Me consolaba y me recordaba que me quería y así aguantaba un poco más. La verdad es que todavía no estoy muy lúcido, pero creo que ayer mantuvimos una conversación de ese tipo. Lo hablamos y la mandé a la cama. ¡Sí! Ya lo recuerdo. Le dije que me esperase en la cama, iba a regalarle el bonito collar.
Me fui al cuarto, todavía lo llevaba puesto, a pesar de que no le había gustado en absoluto. Seguía dormida, en posición fetal, igual que cuando me había despertado. Me acerqué y, con la suavidad de un loco amante, la coloqué boca arriba, donde se podía apreciar con todo detalle el hermoso colgante. Los colores variaban entre rojos y pardos hasta negros, hechos de gangrena. Mi regalo se extendía hasta sus pechos desnudos, manchados del granate propio de la sangre reseca.
¡Que bien le quedaba! Me dio pena arrancar el cuchillo de su cuello justo antes de clavármelo en pleno corazón...

jueves, 21 de junio de 2012

Obscure

Lady Licks esgrimía su pluma contra el papiro viejo que descansaba sobre la majestuosa mesa de roble de su estudio. Escribía una triste carta de un hecho fúnebre: La desaparición de su sobrino.
Dos meses fueron los transcurridos desde que el joven Desh se adentró en el bosque para buscar a Manfred y Erste, sus mejores amigos. No tenía más que doce años, por lo que su impulsividad fue incontrolable. Intentaron vigilarlo y contenerlo, pero al menor descuido, Desh ya se divisaba en la lejanía, como una sombra entre los altos troncos. Lady Licks no le dio la menor importancia en un principio, pero cuando llegó la noche y el infante no volvía, convocó a todo el pueblo para salir a buscarle. No encontraron ni rastro del pequeño. Y no sólo eso,
sino que dos de los aldeanos también desaparecieron.

Todos decían que el bosque estaba maldito. Un mal se cernía sobre Alberstal, aquella villa en medio del numeroso ejército de pinos. Un mal inexplicable tapaba con su oscuridad las casas y los corazones de sus ocupantes, como un virus que se extiende sobre el cuerpo. Los nonatos eran más frecuentes que nunca; las cosechas se secaban y morían rápidamente; la leche se agriaba; y los bichos que otrora residían en las entrañas de la vegetación se acercaban al pueblo y buscaban su hueco en los rincones de las estancias: ciempiés, tarántulas grandes como una mano, mosquitos vectores de raras patologías, escalopendras...
Los ánimos del pueblo se apagaban como una vela sin mecha, los aldeanos se miraban los unos a los otros con desconfianza y ojos fieros, albergando una inexplicable ira en su fuero interno. Un hombre fue asesinado al lado del pozo, rajado de una oreja a la contraria... Esto era una locura. Y todo esto se había desatado desde que Desh desapareció. Algo despertó el joven. Algo vio, o a algo atrajo del bosque; pero la que más miradas hostiles recibía era ella, la tía del joven, que lo dejó marcharse.
-Tia Licks - oyó el susurro en su oído -. ¿Por qué me dejaste morir...?
Chillando, la mujer se dio la vuelta, aquella era la voz de Desh...
Oscuridad tan solo y nada más. La luz de la vela iluminaba un pequeño radio a su alrededor, dejando el resto del cuarto en sombras difusas. Estaba sola.
O tal vez no...

Abrió la puerta de su cuarto, candil en mano, y echó un vistazo por el pasillo. Le sudaba la frente y su corazón golpeaba violentamente su pecho, tenia miedo.
Anadeó por los largos corredores de la enorme estancia siguiendo el rastro de aquel frío tan profundo e intenso que le helaba hasta el tuétano los huesos. No era provocado por una corriente de aire, pues la llama del candil bailaba hacia el cielo sin inclinación. Pasaba por delante de las puertas cerradas a cal y canto que nadie debía usar por las noches. Excepto unos cuantos guardias, todos dormían con mayor o menor placidez.
Llegó hasta el final del pasillo y dio con el origen de aquel frío: la ventana le esperaba con sus brazos abiertos. Lady Licks se acarició rápida y fuertemente los brazos para entrar en calor y se dispuso a cerrarla... cuando vio a un niño correteando en mitad de la noche hacia el bosque.
Era Desh.

Chillando y dando órdenes a diestro y siniestro, hizo llamar a todos los hombres dispuestos para entrar de nuevo en el bosque, aunque fuera en mitad de la oscura noche. No muchos estaban de acuerdo con ello, mas no dijeron nada abiertamente. Todos se apresuraron, y una marea de antorchas penetró entre los altos árboles como hormigas rojas entre el verde césped. "¡Desh! ¿Dónde estas?" gritaban todos, separados en distintos grupos. Lady Licks iba a la cabeza de la expedición, dejándose la voz más que ninguno de los presentes. Tras unos minutos que parecieron eternos, la llamaron a su derecha, donde vio unos cuantos hombres congregados. Se acercó allí corriendo y se abrió paso entre ellos.
Desh la miraba a ella directamente, como si quisiera apuñalarla con los ojos, pero ella no se dio cuenta. Abrazó a su sobrino querido.
-Desh... Desh... ¿Dónde te habías metido? ¿Qué estás haciendo...?
-Acabar contigo... - respondió aquella voz de contralto -. Yo y el pueblo.
Se separó de él, mirando los ojos rojos de lo que antes debió ser su sobrino. Giró entonces la cabeza, escrutando los rostros desequilibrados y crueles de los aldeanos, que antorchas y guadañas en ristre se acercaban lentamente a ella.
-¿Qué es esto? - exigió saber Licks, no todavía apaciguada -. ¿Qué es lo que hacéis...?
Su miedo iba en aumento a medida que se iban acercando a ella. Intentó abrirse paso, pero la cogieron entre todos. Pidió auxilio y suplicó misericordia; no entendía qué pasaba, sólo giró su cabeza para mirar por última vez el demoníaco rostro de Desh...
Y despertó en su cama, con las mantas por encima de su cabeza mientras se filtraba la luz del sol a través de su pulcra blancura. Se acurrucó en su cama, calmando su asustado corazón. Pasaron cinco minutos hasta que se quitó la cama de la cabeza.
-Buenos diaaaaaas...
Desh estaba de pie encima de ella. Y, alrededor de la cama todo el pueblo. Los aldeanos estaban demacrados, les faltaba parte de la piel, su ropa se había podrido y sus armas estaba oxidadas. Aun así, sus miradas todavía poseían esa locura inefable. Lady Licks agarró sus sábanas, tiritando.
Vio entonces como todos se abrían hacia la puerta, donde una mano negra y peluda, grande como su cabeza, agarró la madera y la abrió dejando chirriar la bisagra, que gritaba de dolor como lo haría más tarde ella para toda la eternidad en las entrañas de aquella bestia maldita...

domingo, 3 de junio de 2012

Nieve Cervantina.

La pronta llegada de la noche sorprendió al grupo y lo obligó a acampar hasta el amanecer. Aquel páramo helado era casi intransitable, por lo que avanzar de noche era una idea propia de un suicida. El trecho que aún les quedaba hasta la próxima aldea les tomaría tres días más, y eso si hacía bueno. Los animales salvajes y las posibles - y no tan posibles, en dos ocasiones -, emboscadas retrasaban levemente el avance; pero sin duda el cruel tiempo les perjudicaba más que otra cosa. Aquel frío era inhumano. Jamás habían imaginado que podrían olvidar tan rápidamente lo que era sentir el calor. Ahora, esa sensación de inmovilidad y cansancio los envolvía a todos con sus mantas, y los invitaba al descanso eterno.
Siete fueron los hombres ya caídos desde que se adentraron en aquella enorme tumba de agua helada. Mills cayó por un acantilado mientras dormía, al olvidar atarse con sus debidas cuerdas. Herm y Kártstal fueron muertos en el segundo ataque que sufrieron por parte de los bandidos que poblaban la zona. Ni siquiera pudieron tomarse la decencia de enterrarlos, el tiempo se aseguraría de hacerlo con la maldita nieve que los azotaba día sí, día también. Los otros cuatro... 
Uf... Sancho tenía demasiado frío y sueño como para seguir pensando en aquello. Más le valía continuar frotándose las manos mientras se acurrucaba lo que podía en aquel saco que escasamente le protegía de  la congelación. Intentaba dormir, pero le era imposible por los calambres y dolores que padecía. Los días eran cada vez más largos y cansados. En muchas ocasiones perdía la consciencia durante la marcha misma, y se olvidaba de que caminaba. Se sumía en un solipsismo tal que no oía, no veía, no hablaba, sentía ni olía. Simplemente seguía hacia delante, acompañando a su señor como cualquier buen escudero. Juró en su día sus servicios y no le fallaría jamás. Lo seguiría hasta la muerte y, más tarde, al infierno, si era ese el destino final de su mayor.
-"Ya estoy en el infierno - pensaba -, en un infierno helado"

Pasaba el tiempo, pero Sancho era incapaz de conciliar sueño alguno. Morfeo debió de haberse quedado congelado en lo que se acercaba a abrazarle. Pareció haberse adormilado por fin cuando notó una presión allá donde acababa la espalda. No era un dolor, ni un calambre... No. Necesitaba una letrina. Y por lo que parecía, cada vez la necesitaba con mayor urgencia.
Muy a su pesar, se abrigó cuanto pudo dentro del saco. Salió del mismo, poniendo todo su empeño en no dejar entrar en su interior la mínima brizna de nieve. A excepción de Coello, que montaba guardia, todos estaban durmiendo plácidamente, o tratando de hacerlo. Con toda seguridad, Scrub estaría haciéndose el amor en su saco para entrar en calor; Sancho no tocaría su saco ni por una moneda de plata. 
Coello le hizo un vago gesto con la mano al verle y siguió a lo suyo. Sancho se dirigió en la dirección opuesta, fijándose bien donde ponía el pie. No deseaba sufrir el mismo destino que Mills...

Por fin encontró una pequeña oquedad donde dejar aquella carga que tanto le molestaba. Deseaba acabar rápido y volver a su "catre" cuanto antes, el día próximo sería duro, como lo fue el anterior, y el precedente, y todos los días de mierda que había pasado allí. En aquel discreto hueco el viento no lo azotaba con dureza, y podría estar más tranquilo. No perdió un segundo, deslizó los dos pantalones y otras lanas que cubrían sus perneras y se agachó, apoyando la espalda en la pared rígida, fría y pinchuda. Cerró los ojos y se relajó para dejar caer el mal. Tímidamente, quiso escapar de su interior, pero no bastaría con eso, de modo que apretó los gélidos puños e hizo uso de toda la fuerza que le quedaba en sus nalgas de más hielo que de carne. El excremento comenzó a salir al exterior, tiritando casi tanto como el propio Sancho. Sin duda, era grande como la pechuga que se había comido aquella tarde. El escudero continuó con su dura, larga y maloliente actividad mientras perdía de nuevo la mesura de cuanto tiempo llevaría ahí, defecando como un animal. Durante un instante pensó que sus heces se congelarían a medio camino de la libertad, taponando su ano hasta que el propio Sancho tuviera que hacer uso de sus dedos. El sudor perló su frente, y el frío la congeló, creando una corona de escarcha en su calva. 
fuuum... Un sonido sordo, calmado y simple fue el que hizo el excremento cuando consiguió salir del todo, cayendo sobre la ya no tan blanca nieve. Sancho cogió aire y respiró, al tiempo que se sacaba el bolsillo algo de papel para limpiar su sucio ano.
fum.. fum... fuuuuum...
Sancho estaba confuso, no notaba nada caer de su interior y, en efecto, no era así. ¿Qué eran esos sonidos? No tardó en darse cuenta cuando unas sombras salían de entre unos arbustos cercanos en dirección al campamento. Instantáneamente, se subió los pantalones y corrió hacia el campamento.
-¡A las armas! ¡Nos atacan! - gritó locamente -.
Las sombras desenvainaron mientras el campamento se levantaba, ataviándose con cualquier equipamiento de combate que tuviera cerca. Mientras corría con su señor, Sancho notaba como los pocos restos de su deyección se frotaban con su piel y calzones, ensuciando todo asquerosamente.
"Una muy sucia forma de empezar un combate" - pensó -.

jueves, 17 de mayo de 2012

El bosque

-¡Erste! ¿Es que acaso tienes miedo? - se pitorreaba Manfred, su amigo de toda la vida -.
Los dos adolescentes aburridos en una calurosa mañana de verano habían decidido salir a investigar por los bosques en busca de aventuras para matar el tiempo aunque fuera durante unas horas. Los altos pinos se extendían hasta mucho más de donde alcanzaba la vista, y sus verdes hojas perennes teñían el bosque de alegría y vida. El sol dejaba caer su brillante luz desde lo alto, llenando todo de fulgores y definiendo el tono real de cada color.
Manfred corría a toda velocidad y al joven Erste le costaba mantener el ritmo, sobre todo porque debía tener cuidado con las numerosas piñas que se acumulaban en la alfombra de hierbas y rocas. Cada vez lo sentía más lejos, se estaba cansando. Pareció perderlo, pero lo volvió a divisar más tarde. No obstante, tras caminar durante unos minutos sin rastro de Manfred, notó que se había perdido. Se paró en seco. Viró su vista en los trescientos sesenta grados en busca de su amigo. Nada, ni una sombra difusa del perdido corredor. Estaba solo.
Solo en el bosque.

Pasaban los minutos y Manfred seguía sin aparecer. Erste le llamó varias veces, pero su voz temblorosa no era capaz de alcanzar el mínimo nivel decibélico para que le oyera alguien salvo los árboles que tenía a unos metros. Todavía era por la tarde, y el sol disparaba sus flechas solares en ángulo oblicuo, por lo que había luz suficiente como para ver con claridad. Sin embargo, seguía solo. Solo. El vello se le erizó al notar el suave viento acariciando las rugosas pieles de los pinos y la suya propia. Su mente comenzó a trabajar, a crear ilusiones esperpénticas de la realidad. Oía sin oír, veía sin ver, sentía sin sentir, pensaba sin pensar...
Los árboles parecían hablar, susurrantes, y creía que en cualquier momento iban a abalanzarse sobre él. Un escalofrío recorrió su espalda. Se dio la vuelta rápidamente.
Nada.
Otra vez, giró sobre sí mismo.
Un grupillo de hojas caídas se dejaron llevar por el viento. Todo parecía normal... ¿Lo era, no?
Se sentía desprotegido y vigilado en aquel claro, de modo que se acercó a uno de los rugosos árboles y se sentó ahí. No sabía volver, Manfred había desaparecido.
Y la noche se acercaba silenciosa.

Pasó una hora, dos, tres... El tiempo cuando uno espera sin contador alguno salvo el sol del este es difícil de mesurar. El viento parecía enfurecido, y comenzaba a azotar con crueldad invernal. El pequeño Erste se  hizo un ovillo en el suelo, tiritando. Las sombras cada vez eran más grandes y profundas; el crepúsculo marchito las alimentaba y hacía engordar como un gorrino cebado. Los temblores se hacían cada vez más pronunciados en su interior, hasta parecer casi las combulsiones de un enfermo. Ya no solo temblaba sólo por el frío del ambiente, sino por otro frío. Esa sensación que estremece a uno y lo deja sin habla, sin pensamiento, sin capacidad de moverse.
El miedo.

-¿Manfred? - llamó al aire Erst en un sollozo apagado -. Manfred, vámonos a casa... Sólo quiero volver a casa... Man...
"Crsh", el sonido de una rama partirse le hizo dar un respingo que lo puso firme, de pie. Se apoyó con mayor fuerza al árbol que tenía detrás. Y... notó como algo bombeaba a su espalda... Los árboles siempre están quietos, inmóviles... Pero algo bombeaba detrás...
Su corazón se encogió, percutiendo su pecho con mayor violencia. Girándose con puro terror notaba que se iba a desmayar en cualquier momento. El sudor caía por su cabeza como hielo derritiéndose. Entrecerró los ojos, incapaz de ver lo que fuera que tenía detrás.
-Buh!
Erst gritó y se tapó con sus brazos, defendiéndose del supuesto monstruo que comenzó a reírse con la voz de Manfred. Se quitó los brazos de su campo de visión y ahi estaba, su amigo de toda la vida, dejando escapar una lánguida risotada. En ese momento, en lo único en lo que Erst pudo pensar fue en respirar hondo, todo había pasado.
-Vamos, Erst, ¿Te habías asustado de verdad? Me había...
El torso entero de Manfred explotó, manchando la cara de Erst de sangre caliente y asustada. Una criatura delgada de color grisáceo y ojos rojos retiró su brazo con el que había atravesado a su amigo, ahora con una mueca de espanto y cuerpo trémulo, y lo dejó en el suelo mientras abría la boca para dejar escapar un gruñido bajo y gutural, mientras cientos de gusanos, arañas y milpies caían de entre sus afiladas fauces para depositarse sobre el suelo y dirigirse hacia él...
Y la criatura lo agarraba por el hombro; su mandíbula dejó libre una áspera lengua que levantó su piel al tacto, al tiempo que la oscuridad ensombrecía su visión entre los afilados colmillos amarillentos y podridos de aquella bestia informe y maldita.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Un trueque ya innecesario (2º Parte)

-Otra vez, por favor... - se limitó a rogar el muchacho en la décima ocasión -.
Esconder tu tristeza detrás de las ardientes placas de la ira: ese era el modo de vida del muchacho sufridor. Caminar hacia el puesto del trueque derramando ríos de lágrimas, y volver corriendo en llamas acompañado por el tétrico dúo de carcajadas que formaban el dependiente y el eco que reverberaba maliciosamente por todo el pasillo. Aquellas llamas quemaban su cuerpo. Le destruían por dentro, pero por lo menos le permitían no suicidarse por la pena.
Una vez, dos veces, tres veces, y otra; y después, la siguiente...
La ira permite vivir. Te despiertas por la mañana de un salto, persigues tus objetivos con mayor fiereza, y eres más voraz ante los que intentan hacerte daño. La ira es el mejor acompañante de un hombre destruido...

Se sentía alegre. Era una falsa sensación oculta tras su yelmo de guerra. No obstante, su vida continuó, enjendró nuevas experiencias y cultivó aspectos antes ocultos de su interior. La semilla se abrió, dejó escapar su Luz y germinó una nueva vida que, esta vez había enterrado sus raíces aún más hondo; para ser capaz de aguantar con mayor fortaleza los ataques y absorber de la Tierra los nutrientes que de verdad le hacían bien, despojándose de aquellos que sólo daño le habrían hecho daño.
Ecléctico, eléctrico, no más tétrico salvo en el arte. Eso sería un caso aparte. Todo cambiaba mientras el mundo y los relojes daban vueltas sin parar, en el frenesí inexorable del paso del tiempo. Curandero viejo, experimentado, sanador de almas y filtro de recuerdos: El tiempo.
Capaz de curarlo casi todo, de llevarte de la mano con Olvido para que lo malo pasado desapareciese de tu Realidad. Siempre hay otra oportunidad, una posibilidad más.
Un camino hacia la Felicidad.

Las pesadas botas pisaban el suelo del luengo pasillo. Más,  no obstante, esta vez no se iban arrastrando como la primera vez. Pisaban el suelo con la firmeza del hombre seguro de sí mismo, pero no eran iracundos ni imperiosos como los de un gigante exasperado. Percutían las baldosas con la delicadeza de dos plumas:. sin ruido, sin ira, sin mal...
Ya le esperaba el comerciante adulador y de lengua bífida, que tanto le había ayudado, pero que a la vez tanto había quemado su interior. Su sonrisa burlona y tramposa le saludaba, pero sólo provocaron un brufido y una sonrisa incluso nostálgica por parte del poderoso muchacho.
-¿Máas...? - preguntó al muchacho -.
Él negó con la cabeza, sonriendo sin despegar sus labios, lo que pareció contrariar a su interlocutor.
-¿Es que acaso no necesitas la ira? ¿Cómo viviras sumido en la tristeza? ¡No podrás! ¡Te hundirás!
Se dirigía hacia él atravesando su mostrador cual fantasma. Y en el preciso momento en el que se disponía a tocar al joven éste se encendió en llamas. Llamas rojas pasión, amarillas esperanza, y naranjas confianza. El viejo mordaz se echó hacia atrás, sorprendido y asustado.
-No... - dijo él -. No necesito más tu ira perniciosa. Me basto de mi fuerza para seguir adelante. Tu timorata actitud fue de ayuda cuando no tenía esperanza ni fuerza como para levantarme cada mañana. Todo ha cambiado ya. Soy más que antes. Soy libre, soy fuerte, y ¡Estoy vivo!
Las llamas se avivaron al compás de sus palabras. Él extendió los brazos, mostrando al comerciante acabado que nunca más le engañaría. Su palma abarcó los ciento ochenta grados, quemando la tienda.
-Te has quedado sin negocio... - se mofó el muchacho con elegancia -.

Los gritos de ira y desesperación por parte del timador cuya tienda se había chamuscado no hicieron mella alguna en el joven, que volvía junto con sus abrasadoras llamas de vuelta. Volvía envuelto en llamas sí, pero no como las otras veces. Éstas no le quemaban. La ira era sólo una emoción más, no le era necesaria como escudo. No más cambios, no más tristeza incontrolable. No más ira chamuscadora. Cuerpo libre, mente tranquila. Alegría, tranquilidad, confianza, esperanza... Esto era el amanecer del fuego y una nueva vida.
Y, se dio cuenta, de que esta vez un sentimiento diferente era el que albergaba su corazón. No era desesperación por sentirse bien. No era petulancia falsa ni prisa por mantenerse con esa sensación tan agradable, pues más tarde volvería el mal. No... La manera de sentirse de aquel momento era firme y numeroso cual imperio fiel. Era algo que hacía mucho que no sentía, cuya palabra casi había olvidado, pero que pronto llegó a su memoria a la velocidad de una estrella fugaz en su paso por el cielo. Sí...
Felicidad.

domingo, 29 de abril de 2012

Un trueque ya innecesario (1º Parte)

La primera vez... Hace de eso ya unos meses. Arrastraba sus pesadas botas por aquel solitario y luengo pasillo de paredes del color del carbón y la muerte. 
Solo. Derrotado. Débil. Triste. Inerte. 
Una cascada de lágrimas nacía en sus cuencas y se dejaba caer por sus pómulos, sedimentando la pena por su rostro. Aquellas lágrimas estaban envenenadas de mal, de autodestruccion, de falsos sueños. Eran como un gusano que se movía por todo su cuerpo, arrasando todo lo que encontraba, destruyéndolo por dentro.
Llegó al final de su camino, encontrándose con lo que andaba buscando desde el mismo principio. 
Era un humilde puesto, como aquellos que se concentran en los mercados vendiendo cualquier tipo de producto que el consumidor pueda ocurrírsele. No obstante, este puesto era muy distinto. Aquí no se compraban objetos de ningun tipo. No comerciaba con algo material, tangible... No. Él hacía trueques.
Unos cambios algo especiales.

El aspecto del vendedor recordaba a la misma locura. Locura dentro de una mente loca... ¡Que ironía! Vestia una túnica gris de mangas excesivamente anchas para lo escualido que era. Su cabello iba a juego con la túnica: grisácea y larga. Su rostro, como todo lo que rodeaba aquel lugar, era un retrato del desequilibrio, la demencia y la paranoia. Párpados caídos de ojos fijos y sonrisa burlona y retorcida, incapaz de ser detenida.
- Me necesitas... - aseguró el vendedor -. Estas desequilibrado, eres la viva imagen mía de joven. Te consumes... ¡Sí, te consumes!
Y escupió una carcajada sonora y morbosa.
- He venido a hacer un intercambio - dijo -.
- Oh... - respondió el otro entre risitas -. Tu pena por odio pues... - Sonrió -. Aquí tienes...
Y una sombra, un holograma del muchacho que era el desánimo por antonomasia, escapó de él y se quedó con el esotérico vendedor. A la vez, un torrente de fuego penetró por todas las cavidades del muchacho: Orejas, boca, incluso poros de piel...

Volvía por el mismo pasillo de antes. Ya no había lágrimas, ya no había pena o derrota. La ira corría por sus venas y lo revolucionaba. Era una máquina, un huracán imparable. Nadie iba a pisotearle. Nadie le heriría. 
La ira y el odio le alimentaban. Le permitían vivir, pues la tristeza era tan grande que posiblemente le corrompería. El enfado, la motivación del mal y de estar por encima. Ese era su alimento. 
Eso le hacía sobrevivir.

martes, 24 de abril de 2012

Viajé, amé, perdí, confié y me traicionaron. (Tributo a un libro que admiro)

He emprendido una marcha a los lugares más remotos de mi mente,
jugado con los axiomas de los racionales y alcanzado una respuesta fértil,
y vivido de espaldas a las dos Realidades hasta tener dos caras para cada una.
Amé a mis semejantes y los protegí de todo mal.
Me mantuve en vela desde el amanecer del amor hasta su triste ocaso,
y sobreviví a las noches de la ira, la tristeza y la desesperanza...

Soy Manuki, 
quizá hayas oído hablar de mí.