jueves, 17 de mayo de 2012

El bosque

-¡Erste! ¿Es que acaso tienes miedo? - se pitorreaba Manfred, su amigo de toda la vida -.
Los dos adolescentes aburridos en una calurosa mañana de verano habían decidido salir a investigar por los bosques en busca de aventuras para matar el tiempo aunque fuera durante unas horas. Los altos pinos se extendían hasta mucho más de donde alcanzaba la vista, y sus verdes hojas perennes teñían el bosque de alegría y vida. El sol dejaba caer su brillante luz desde lo alto, llenando todo de fulgores y definiendo el tono real de cada color.
Manfred corría a toda velocidad y al joven Erste le costaba mantener el ritmo, sobre todo porque debía tener cuidado con las numerosas piñas que se acumulaban en la alfombra de hierbas y rocas. Cada vez lo sentía más lejos, se estaba cansando. Pareció perderlo, pero lo volvió a divisar más tarde. No obstante, tras caminar durante unos minutos sin rastro de Manfred, notó que se había perdido. Se paró en seco. Viró su vista en los trescientos sesenta grados en busca de su amigo. Nada, ni una sombra difusa del perdido corredor. Estaba solo.
Solo en el bosque.

Pasaban los minutos y Manfred seguía sin aparecer. Erste le llamó varias veces, pero su voz temblorosa no era capaz de alcanzar el mínimo nivel decibélico para que le oyera alguien salvo los árboles que tenía a unos metros. Todavía era por la tarde, y el sol disparaba sus flechas solares en ángulo oblicuo, por lo que había luz suficiente como para ver con claridad. Sin embargo, seguía solo. Solo. El vello se le erizó al notar el suave viento acariciando las rugosas pieles de los pinos y la suya propia. Su mente comenzó a trabajar, a crear ilusiones esperpénticas de la realidad. Oía sin oír, veía sin ver, sentía sin sentir, pensaba sin pensar...
Los árboles parecían hablar, susurrantes, y creía que en cualquier momento iban a abalanzarse sobre él. Un escalofrío recorrió su espalda. Se dio la vuelta rápidamente.
Nada.
Otra vez, giró sobre sí mismo.
Un grupillo de hojas caídas se dejaron llevar por el viento. Todo parecía normal... ¿Lo era, no?
Se sentía desprotegido y vigilado en aquel claro, de modo que se acercó a uno de los rugosos árboles y se sentó ahí. No sabía volver, Manfred había desaparecido.
Y la noche se acercaba silenciosa.

Pasó una hora, dos, tres... El tiempo cuando uno espera sin contador alguno salvo el sol del este es difícil de mesurar. El viento parecía enfurecido, y comenzaba a azotar con crueldad invernal. El pequeño Erste se  hizo un ovillo en el suelo, tiritando. Las sombras cada vez eran más grandes y profundas; el crepúsculo marchito las alimentaba y hacía engordar como un gorrino cebado. Los temblores se hacían cada vez más pronunciados en su interior, hasta parecer casi las combulsiones de un enfermo. Ya no solo temblaba sólo por el frío del ambiente, sino por otro frío. Esa sensación que estremece a uno y lo deja sin habla, sin pensamiento, sin capacidad de moverse.
El miedo.

-¿Manfred? - llamó al aire Erst en un sollozo apagado -. Manfred, vámonos a casa... Sólo quiero volver a casa... Man...
"Crsh", el sonido de una rama partirse le hizo dar un respingo que lo puso firme, de pie. Se apoyó con mayor fuerza al árbol que tenía detrás. Y... notó como algo bombeaba a su espalda... Los árboles siempre están quietos, inmóviles... Pero algo bombeaba detrás...
Su corazón se encogió, percutiendo su pecho con mayor violencia. Girándose con puro terror notaba que se iba a desmayar en cualquier momento. El sudor caía por su cabeza como hielo derritiéndose. Entrecerró los ojos, incapaz de ver lo que fuera que tenía detrás.
-Buh!
Erst gritó y se tapó con sus brazos, defendiéndose del supuesto monstruo que comenzó a reírse con la voz de Manfred. Se quitó los brazos de su campo de visión y ahi estaba, su amigo de toda la vida, dejando escapar una lánguida risotada. En ese momento, en lo único en lo que Erst pudo pensar fue en respirar hondo, todo había pasado.
-Vamos, Erst, ¿Te habías asustado de verdad? Me había...
El torso entero de Manfred explotó, manchando la cara de Erst de sangre caliente y asustada. Una criatura delgada de color grisáceo y ojos rojos retiró su brazo con el que había atravesado a su amigo, ahora con una mueca de espanto y cuerpo trémulo, y lo dejó en el suelo mientras abría la boca para dejar escapar un gruñido bajo y gutural, mientras cientos de gusanos, arañas y milpies caían de entre sus afiladas fauces para depositarse sobre el suelo y dirigirse hacia él...
Y la criatura lo agarraba por el hombro; su mandíbula dejó libre una áspera lengua que levantó su piel al tacto, al tiempo que la oscuridad ensombrecía su visión entre los afilados colmillos amarillentos y podridos de aquella bestia informe y maldita.

1 comentario:

  1. #include
    #include
    void main ()
    {
    int i, char c[];
    while (i!=0){c[i]=105;}
    printf("Qué texto tan incre%cble\n",c[i]);
    system ("pause");
    return 0;
    }

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