Mis ojos se abrieron
como papel viejo y arrugado. Me sentía débil de cuerpo, agotado de mente
y triste de alma. El semblante expresó su habitual cara de desagrado;
odio dormir, y aún más despertarme. A veces pienso que debería volarme
los sesos y así no volver a despertar.
Me incorporé soportando
los lamentos de mi estómago y miré con cansancio a Lydia, acurrucada
hacia su lado de la cama, dándome la espalda. Sus cabellos rubios
siempre me habían gustado, los acariciaría si no fuera porque estaba
cabreada conmigo. El collar que le regalé anoche no le gustó en absoluto
y estaría una temporada sin hablarme. No era un colgante corriente,
muchos lo considerarían una locura, pero yo no estoy loco. Yo amo y la
he mostrado todo el amor "loco" que siento por ella. Y si amar es una
enfermedad mental entonces que me lleven al psiquiátrico de mayor
seguridad que encuentren.
Me levanté como pude y me dispuse a
desayunar mientras intentaba recordar algo de anoche. Tras dos botellas
de vodka, unos porros y una cajetilla de cigarrillos que compartí con
Lydia, en lo que se suponía que era una noche especial, recordar no era
mi fuerte.
Seguía pensando en mi querida Lydia mientras
desayunaba la repugnante leche semidesnatada de siempre con las galletas
rancias del chino de abajo. La quería, la quería tanto... Hace años
dejé mi trabajo y el final de mi carrera por huir con ella lejos, tan
lejos como nos lo permitiera el poco dinero que teníamos. Trabajabamos
de lo que podíamos y con lo poco que ganábamos nos pagábamos el
apartamento, comida, bebida y algún que otro capricho. "Una vida simple y
sin futuro", aquello me lo habían dicho tantas veces que ya no causaba
mella alguna en mi persona. Lo más importante para mí era Lydia, e iré
con ella hasta el fin del mundo.
Desayuné solo, como siempre. Mi
querida siempre se levantaba tarde. Aquella era una de las cosas que no
me gustaban de ella. Me levantaba siempre solo, limpiaba un poco e
intentaba escribir algo o componer alguna canción nueva. Todas las
mañanas que no trabajaba eran así, mientras Lydia dormía para más tarde
aparecer medio muerta, incapaz de darme un simple beso.
En la
soledad matutina muchas veces me planteaba si ella me querría tanto como
lo hacia yo por ella. Siempre estaba en su mundo, en el que tampoco
tenía mucho que hacer, pero le costaba encontrar tiempo para mí. Me
sentía tan solo a veces... Quizá se follaba a otros, era uno de mis
mayores miedos. Las veces que dejaba caer el tema enfurecía o
entristecía, lo hablábamos, lo hacíamos y todo volvía a ser la mierda de
siempre. La confianza es vital en una pareja, y esta se forja con el
hábito de los actos de la droga del amor. Yo había renunciado a todo lo
que tenía, incluso a mi familia y amigos, por irme a este cuchitril
alejado de la mano de Dios - si es que existe -. Ella también había
renunciado a algunas cosas, pero esta decisión fue suya. Yo... yo la
acepté porque estaba loco por ella, como ya tantas veces he dicho. Había
mandado a la mierda a mi familia y amigos, por lo que ya no contaba con
verlos jamás, y no me importaba, porque la tenía a ella. Sólo que las
cosas son tan distintas a como las había imaginado...
¿Me quiere?
¿cuando fue la ultima vez que hizo un gesto de amor que no fuera el
dulce sexo? Apenas teníamos tiempo para abrazarnos con todo lo que
trabajamos para continuar con esta basura de vida. Además ella siempre
estaba cansada y triste por sus movidas ¿Qué culpa tenía yo de eso?
Había llorado ríos de lágrimas pero nada cambiaba. Me consolaba y me
recordaba que me quería y así aguantaba un poco más. La verdad es que
todavía no estoy muy lúcido, pero creo que ayer mantuvimos una
conversación de ese tipo. Lo hablamos y la mandé a la cama. ¡Sí! Ya lo
recuerdo. Le dije que me esperase en la cama, iba a regalarle el bonito
collar.
Me fui al cuarto, todavía lo llevaba puesto, a pesar de
que no le había gustado en absoluto. Seguía dormida, en posición fetal,
igual que cuando me había despertado. Me acerqué y, con la suavidad de
un loco amante, la coloqué boca arriba, donde se podía apreciar con todo
detalle el hermoso colgante. Los colores variaban entre rojos y pardos
hasta negros, hechos de gangrena. Mi regalo se extendía hasta sus pechos
desnudos, manchados del granate propio de la sangre reseca.
¡Que bien le quedaba! Me dio pena arrancar el cuchillo de su cuello justo antes de clavármelo en pleno corazón...
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