sábado, 11 de agosto de 2012

Un bonito regalo de rojo amor.

Mis ojos se abrieron como papel viejo y arrugado. Me sentía débil de cuerpo, agotado de mente y triste de alma. El semblante expresó su habitual cara de desagrado; odio dormir, y aún más despertarme. A veces pienso que debería volarme los sesos y así no volver a despertar.
Me incorporé soportando los lamentos de mi estómago y miré con cansancio a Lydia, acurrucada hacia su lado de la cama, dándome la espalda. Sus cabellos rubios siempre me habían gustado, los acariciaría si no fuera porque estaba cabreada conmigo. El collar que le regalé anoche no le gustó en absoluto y estaría una temporada sin hablarme. No era un colgante corriente, muchos lo considerarían una locura, pero yo no estoy loco. Yo amo y la he mostrado todo el amor "loco" que siento por ella. Y si amar es una enfermedad mental entonces que me lleven al psiquiátrico de mayor seguridad que encuentren.
Me levanté como pude y me dispuse a desayunar mientras intentaba recordar algo de anoche. Tras dos botellas de vodka, unos porros y una cajetilla de cigarrillos que compartí con Lydia, en lo que se suponía que era una noche especial, recordar no era mi fuerte.
Seguía pensando en mi querida Lydia mientras desayunaba la repugnante leche semidesnatada de siempre con las galletas rancias del chino de abajo. La quería, la quería tanto... Hace años dejé mi trabajo y el final de mi carrera por huir con ella lejos, tan lejos como nos lo permitiera el poco dinero que teníamos. Trabajabamos de lo que podíamos y con lo poco que ganábamos nos pagábamos el apartamento, comida, bebida y algún que otro capricho. "Una vida simple y sin futuro", aquello me lo habían dicho tantas veces que ya no causaba mella alguna en mi persona. Lo más importante para mí era Lydia, e iré con ella hasta el fin del mundo.
Desayuné solo, como siempre. Mi querida siempre se levantaba tarde. Aquella era una de las cosas que no me gustaban de ella. Me levantaba siempre solo, limpiaba un poco e intentaba escribir algo o componer alguna canción nueva. Todas las mañanas que no trabajaba eran así, mientras Lydia dormía para más tarde aparecer medio muerta, incapaz de darme un simple beso.
En la soledad matutina muchas veces me planteaba si ella me querría tanto como lo hacia yo por ella. Siempre estaba en su mundo, en el que tampoco tenía mucho que hacer, pero le costaba encontrar tiempo para mí. Me sentía tan solo a veces... Quizá se follaba a otros, era uno de mis mayores miedos. Las veces que dejaba caer el tema enfurecía o entristecía, lo hablábamos, lo hacíamos y todo volvía a ser la mierda de siempre. La confianza es vital en una pareja, y esta se forja con el hábito de los actos de la droga del amor. Yo había renunciado a todo lo que tenía, incluso a mi familia y amigos, por irme a este cuchitril alejado de la mano de Dios - si es que existe -. Ella también había renunciado a algunas cosas, pero esta decisión fue suya. Yo... yo la acepté porque estaba loco por ella, como ya tantas veces he dicho. Había mandado a la mierda a mi familia y amigos, por lo que ya no contaba con verlos jamás, y no me importaba, porque la tenía a ella. Sólo que las cosas son tan distintas a como las había imaginado...
¿Me quiere? ¿cuando fue la ultima vez que hizo un gesto de amor que no fuera el dulce sexo? Apenas teníamos tiempo para abrazarnos con todo lo que trabajamos para continuar con esta basura de vida. Además ella siempre estaba cansada y triste por sus movidas ¿Qué culpa tenía yo de eso? Había llorado ríos de lágrimas pero nada cambiaba. Me consolaba y me recordaba que me quería y así aguantaba un poco más. La verdad es que todavía no estoy muy lúcido, pero creo que ayer mantuvimos una conversación de ese tipo. Lo hablamos y la mandé a la cama. ¡Sí! Ya lo recuerdo. Le dije que me esperase en la cama, iba a regalarle el bonito collar.
Me fui al cuarto, todavía lo llevaba puesto, a pesar de que no le había gustado en absoluto. Seguía dormida, en posición fetal, igual que cuando me había despertado. Me acerqué y, con la suavidad de un loco amante, la coloqué boca arriba, donde se podía apreciar con todo detalle el hermoso colgante. Los colores variaban entre rojos y pardos hasta negros, hechos de gangrena. Mi regalo se extendía hasta sus pechos desnudos, manchados del granate propio de la sangre reseca.
¡Que bien le quedaba! Me dio pena arrancar el cuchillo de su cuello justo antes de clavármelo en pleno corazón...

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