miércoles, 9 de mayo de 2012

Un trueque ya innecesario (2º Parte)

-Otra vez, por favor... - se limitó a rogar el muchacho en la décima ocasión -.
Esconder tu tristeza detrás de las ardientes placas de la ira: ese era el modo de vida del muchacho sufridor. Caminar hacia el puesto del trueque derramando ríos de lágrimas, y volver corriendo en llamas acompañado por el tétrico dúo de carcajadas que formaban el dependiente y el eco que reverberaba maliciosamente por todo el pasillo. Aquellas llamas quemaban su cuerpo. Le destruían por dentro, pero por lo menos le permitían no suicidarse por la pena.
Una vez, dos veces, tres veces, y otra; y después, la siguiente...
La ira permite vivir. Te despiertas por la mañana de un salto, persigues tus objetivos con mayor fiereza, y eres más voraz ante los que intentan hacerte daño. La ira es el mejor acompañante de un hombre destruido...

Se sentía alegre. Era una falsa sensación oculta tras su yelmo de guerra. No obstante, su vida continuó, enjendró nuevas experiencias y cultivó aspectos antes ocultos de su interior. La semilla se abrió, dejó escapar su Luz y germinó una nueva vida que, esta vez había enterrado sus raíces aún más hondo; para ser capaz de aguantar con mayor fortaleza los ataques y absorber de la Tierra los nutrientes que de verdad le hacían bien, despojándose de aquellos que sólo daño le habrían hecho daño.
Ecléctico, eléctrico, no más tétrico salvo en el arte. Eso sería un caso aparte. Todo cambiaba mientras el mundo y los relojes daban vueltas sin parar, en el frenesí inexorable del paso del tiempo. Curandero viejo, experimentado, sanador de almas y filtro de recuerdos: El tiempo.
Capaz de curarlo casi todo, de llevarte de la mano con Olvido para que lo malo pasado desapareciese de tu Realidad. Siempre hay otra oportunidad, una posibilidad más.
Un camino hacia la Felicidad.

Las pesadas botas pisaban el suelo del luengo pasillo. Más,  no obstante, esta vez no se iban arrastrando como la primera vez. Pisaban el suelo con la firmeza del hombre seguro de sí mismo, pero no eran iracundos ni imperiosos como los de un gigante exasperado. Percutían las baldosas con la delicadeza de dos plumas:. sin ruido, sin ira, sin mal...
Ya le esperaba el comerciante adulador y de lengua bífida, que tanto le había ayudado, pero que a la vez tanto había quemado su interior. Su sonrisa burlona y tramposa le saludaba, pero sólo provocaron un brufido y una sonrisa incluso nostálgica por parte del poderoso muchacho.
-¿Máas...? - preguntó al muchacho -.
Él negó con la cabeza, sonriendo sin despegar sus labios, lo que pareció contrariar a su interlocutor.
-¿Es que acaso no necesitas la ira? ¿Cómo viviras sumido en la tristeza? ¡No podrás! ¡Te hundirás!
Se dirigía hacia él atravesando su mostrador cual fantasma. Y en el preciso momento en el que se disponía a tocar al joven éste se encendió en llamas. Llamas rojas pasión, amarillas esperanza, y naranjas confianza. El viejo mordaz se echó hacia atrás, sorprendido y asustado.
-No... - dijo él -. No necesito más tu ira perniciosa. Me basto de mi fuerza para seguir adelante. Tu timorata actitud fue de ayuda cuando no tenía esperanza ni fuerza como para levantarme cada mañana. Todo ha cambiado ya. Soy más que antes. Soy libre, soy fuerte, y ¡Estoy vivo!
Las llamas se avivaron al compás de sus palabras. Él extendió los brazos, mostrando al comerciante acabado que nunca más le engañaría. Su palma abarcó los ciento ochenta grados, quemando la tienda.
-Te has quedado sin negocio... - se mofó el muchacho con elegancia -.

Los gritos de ira y desesperación por parte del timador cuya tienda se había chamuscado no hicieron mella alguna en el joven, que volvía junto con sus abrasadoras llamas de vuelta. Volvía envuelto en llamas sí, pero no como las otras veces. Éstas no le quemaban. La ira era sólo una emoción más, no le era necesaria como escudo. No más cambios, no más tristeza incontrolable. No más ira chamuscadora. Cuerpo libre, mente tranquila. Alegría, tranquilidad, confianza, esperanza... Esto era el amanecer del fuego y una nueva vida.
Y, se dio cuenta, de que esta vez un sentimiento diferente era el que albergaba su corazón. No era desesperación por sentirse bien. No era petulancia falsa ni prisa por mantenerse con esa sensación tan agradable, pues más tarde volvería el mal. No... La manera de sentirse de aquel momento era firme y numeroso cual imperio fiel. Era algo que hacía mucho que no sentía, cuya palabra casi había olvidado, pero que pronto llegó a su memoria a la velocidad de una estrella fugaz en su paso por el cielo. Sí...
Felicidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario