La pronta llegada de la noche sorprendió al grupo y lo obligó a acampar hasta el amanecer. Aquel páramo helado era casi intransitable, por lo que avanzar de noche era una idea propia de un suicida. El trecho que aún les quedaba hasta la próxima aldea les tomaría tres días más, y eso si hacía bueno. Los animales salvajes y las posibles - y no tan posibles, en dos ocasiones -, emboscadas retrasaban levemente el avance; pero sin duda el cruel tiempo les perjudicaba más que otra cosa. Aquel frío era inhumano. Jamás habían imaginado que podrían olvidar tan rápidamente lo que era sentir el calor. Ahora, esa sensación de inmovilidad y cansancio los envolvía a todos con sus mantas, y los invitaba al descanso eterno.
Siete fueron los hombres ya caídos desde que se adentraron en aquella enorme tumba de agua helada. Mills cayó por un acantilado mientras dormía, al olvidar atarse con sus debidas cuerdas. Herm y Kártstal fueron muertos en el segundo ataque que sufrieron por parte de los bandidos que poblaban la zona. Ni siquiera pudieron tomarse la decencia de enterrarlos, el tiempo se aseguraría de hacerlo con la maldita nieve que los azotaba día sí, día también. Los otros cuatro...
Uf... Sancho tenía demasiado frío y sueño como para seguir pensando en aquello. Más le valía continuar frotándose las manos mientras se acurrucaba lo que podía en aquel saco que escasamente le protegía de la congelación. Intentaba dormir, pero le era imposible por los calambres y dolores que padecía. Los días eran cada vez más largos y cansados. En muchas ocasiones perdía la consciencia durante la marcha misma, y se olvidaba de que caminaba. Se sumía en un solipsismo tal que no oía, no veía, no hablaba, sentía ni olía. Simplemente seguía hacia delante, acompañando a su señor como cualquier buen escudero. Juró en su día sus servicios y no le fallaría jamás. Lo seguiría hasta la muerte y, más tarde, al infierno, si era ese el destino final de su mayor.
-"Ya estoy en el infierno - pensaba -, en un infierno helado"
Pasaba el tiempo, pero Sancho era incapaz de conciliar sueño alguno. Morfeo debió de haberse quedado congelado en lo que se acercaba a abrazarle. Pareció haberse adormilado por fin cuando notó una presión allá donde acababa la espalda. No era un dolor, ni un calambre... No. Necesitaba una letrina. Y por lo que parecía, cada vez la necesitaba con mayor urgencia.
Muy a su pesar, se abrigó cuanto pudo dentro del saco. Salió del mismo, poniendo todo su empeño en no dejar entrar en su interior la mínima brizna de nieve. A excepción de Coello, que montaba guardia, todos estaban durmiendo plácidamente, o tratando de hacerlo. Con toda seguridad, Scrub estaría haciéndose el amor en su saco para entrar en calor; Sancho no tocaría su saco ni por una moneda de plata.
Coello le hizo un vago gesto con la mano al verle y siguió a lo suyo. Sancho se dirigió en la dirección opuesta, fijándose bien donde ponía el pie. No deseaba sufrir el mismo destino que Mills...
Por fin encontró una pequeña oquedad donde dejar aquella carga que tanto le molestaba. Deseaba acabar rápido y volver a su "catre" cuanto antes, el día próximo sería duro, como lo fue el anterior, y el precedente, y todos los días de mierda que había pasado allí. En aquel discreto hueco el viento no lo azotaba con dureza, y podría estar más tranquilo. No perdió un segundo, deslizó los dos pantalones y otras lanas que cubrían sus perneras y se agachó, apoyando la espalda en la pared rígida, fría y pinchuda. Cerró los ojos y se relajó para dejar caer el mal. Tímidamente, quiso escapar de su interior, pero no bastaría con eso, de modo que apretó los gélidos puños e hizo uso de toda la fuerza que le quedaba en sus nalgas de más hielo que de carne. El excremento comenzó a salir al exterior, tiritando casi tanto como el propio Sancho. Sin duda, era grande como la pechuga que se había comido aquella tarde. El escudero continuó con su dura, larga y maloliente actividad mientras perdía de nuevo la mesura de cuanto tiempo llevaría ahí, defecando como un animal. Durante un instante pensó que sus heces se congelarían a medio camino de la libertad, taponando su ano hasta que el propio Sancho tuviera que hacer uso de sus dedos. El sudor perló su frente, y el frío la congeló, creando una corona de escarcha en su calva.
fuuum... Un sonido sordo, calmado y simple fue el que hizo el excremento cuando consiguió salir del todo, cayendo sobre la ya no tan blanca nieve. Sancho cogió aire y respiró, al tiempo que se sacaba el bolsillo algo de papel para limpiar su sucio ano.
fum.. fum... fuuuuum...
Sancho estaba confuso, no notaba nada caer de su interior y, en efecto, no era así. ¿Qué eran esos sonidos? No tardó en darse cuenta cuando unas sombras salían de entre unos arbustos cercanos en dirección al campamento. Instantáneamente, se subió los pantalones y corrió hacia el campamento.
-¡A las armas! ¡Nos atacan! - gritó locamente -.
Las sombras desenvainaron mientras el campamento se levantaba, ataviándose con cualquier equipamiento de combate que tuviera cerca. Mientras corría con su señor, Sancho notaba como los pocos restos de su deyección se frotaban con su piel y calzones, ensuciando todo asquerosamente.
"Una muy sucia forma de empezar un combate" - pensó -.
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