Lady Licks esgrimía su pluma contra el papiro viejo que descansaba sobre la majestuosa mesa de roble de su estudio. Escribía una triste carta de un hecho fúnebre: La desaparición de su sobrino.
Dos meses fueron los transcurridos desde que el joven Desh se adentró en el bosque para buscar a Manfred y Erste, sus mejores amigos. No tenía más que doce años, por lo que su impulsividad fue incontrolable. Intentaron vigilarlo y contenerlo, pero al menor descuido, Desh ya se divisaba en la lejanía, como una sombra entre los altos troncos. Lady Licks no le dio la menor importancia en un principio, pero cuando llegó la noche y el infante no volvía, convocó a todo el pueblo para salir a buscarle. No encontraron ni rastro del pequeño. Y no sólo eso,
sino que dos de los aldeanos también desaparecieron.
Todos decían que el bosque estaba maldito. Un mal se cernía sobre Alberstal, aquella villa en medio del numeroso ejército de pinos. Un mal inexplicable tapaba con su oscuridad las casas y los corazones de sus ocupantes, como un virus que se extiende sobre el cuerpo. Los nonatos eran más frecuentes que nunca; las cosechas se secaban y morían rápidamente; la leche se agriaba; y los bichos que otrora residían en las entrañas de la vegetación se acercaban al pueblo y buscaban su hueco en los rincones de las estancias: ciempiés, tarántulas grandes como una mano, mosquitos vectores de raras patologías, escalopendras...
Los ánimos del pueblo se apagaban como una vela sin mecha, los aldeanos se miraban los unos a los otros con desconfianza y ojos fieros, albergando una inexplicable ira en su fuero interno. Un hombre fue asesinado al lado del pozo, rajado de una oreja a la contraria... Esto era una locura. Y todo esto se había desatado desde que Desh desapareció. Algo despertó el joven. Algo vio, o a algo atrajo del bosque; pero la que más miradas hostiles recibía era ella, la tía del joven, que lo dejó marcharse.
-Tia Licks - oyó el susurro en su oído -. ¿Por qué me dejaste morir...?
Chillando, la mujer se dio la vuelta, aquella era la voz de Desh...
Oscuridad tan solo y nada más. La luz de la vela iluminaba un pequeño radio a su alrededor, dejando el resto del cuarto en sombras difusas. Estaba sola.
O tal vez no...
Abrió la puerta de su cuarto, candil en mano, y echó un vistazo por el pasillo. Le sudaba la frente y su corazón golpeaba violentamente su pecho, tenia miedo.
Anadeó por los largos corredores de la enorme estancia siguiendo el rastro de aquel frío tan profundo e intenso que le helaba hasta el tuétano los huesos. No era provocado por una corriente de aire, pues la llama del candil bailaba hacia el cielo sin inclinación. Pasaba por delante de las puertas cerradas a cal y canto que nadie debía usar por las noches. Excepto unos cuantos guardias, todos dormían con mayor o menor placidez.
Llegó hasta el final del pasillo y dio con el origen de aquel frío: la ventana le esperaba con sus brazos abiertos. Lady Licks se acarició rápida y fuertemente los brazos para entrar en calor y se dispuso a cerrarla... cuando vio a un niño correteando en mitad de la noche hacia el bosque.
Era Desh.
Chillando y dando órdenes a diestro y siniestro, hizo llamar a todos los hombres dispuestos para entrar de nuevo en el bosque, aunque fuera en mitad de la oscura noche. No muchos estaban de acuerdo con ello, mas no dijeron nada abiertamente. Todos se apresuraron, y una marea de antorchas penetró entre los altos árboles como hormigas rojas entre el verde césped. "¡Desh! ¿Dónde estas?" gritaban todos, separados en distintos grupos. Lady Licks iba a la cabeza de la expedición, dejándose la voz más que ninguno de los presentes. Tras unos minutos que parecieron eternos, la llamaron a su derecha, donde vio unos cuantos hombres congregados. Se acercó allí corriendo y se abrió paso entre ellos.
Desh la miraba a ella directamente, como si quisiera apuñalarla con los ojos, pero ella no se dio cuenta. Abrazó a su sobrino querido.
-Desh... Desh... ¿Dónde te habías metido? ¿Qué estás haciendo...?
-Acabar contigo... - respondió aquella voz de contralto -. Yo y el pueblo.
Se separó de él, mirando los ojos rojos de lo que antes debió ser su sobrino. Giró entonces la cabeza, escrutando los rostros desequilibrados y crueles de los aldeanos, que antorchas y guadañas en ristre se acercaban lentamente a ella.
-¿Qué es esto? - exigió saber Licks, no todavía apaciguada -. ¿Qué es lo que hacéis...?
Su miedo iba en aumento a medida que se iban acercando a ella. Intentó abrirse paso, pero la cogieron entre todos. Pidió auxilio y suplicó misericordia; no entendía qué pasaba, sólo giró su cabeza para mirar por última vez el demoníaco rostro de Desh...
Y despertó en su cama, con las mantas por encima de su cabeza mientras se filtraba la luz del sol a través de su pulcra blancura. Se acurrucó en su cama, calmando su asustado corazón. Pasaron cinco minutos hasta que se quitó la cama de la cabeza.
-Buenos diaaaaaas...
Desh estaba de pie encima de ella. Y, alrededor de la cama todo el pueblo. Los aldeanos estaban demacrados, les faltaba parte de la piel, su ropa se había podrido y sus armas estaba oxidadas. Aun así, sus miradas todavía poseían esa locura inefable. Lady Licks agarró sus sábanas, tiritando.
Vio entonces como todos se abrían hacia la puerta, donde una mano negra y peluda, grande como su cabeza, agarró la madera y la abrió dejando chirriar la bisagra, que gritaba de dolor como lo haría más tarde ella para toda la eternidad en las entrañas de aquella bestia maldita...
jueves, 21 de junio de 2012
domingo, 3 de junio de 2012
Nieve Cervantina.
La pronta llegada de la noche sorprendió al grupo y lo obligó a acampar hasta el amanecer. Aquel páramo helado era casi intransitable, por lo que avanzar de noche era una idea propia de un suicida. El trecho que aún les quedaba hasta la próxima aldea les tomaría tres días más, y eso si hacía bueno. Los animales salvajes y las posibles - y no tan posibles, en dos ocasiones -, emboscadas retrasaban levemente el avance; pero sin duda el cruel tiempo les perjudicaba más que otra cosa. Aquel frío era inhumano. Jamás habían imaginado que podrían olvidar tan rápidamente lo que era sentir el calor. Ahora, esa sensación de inmovilidad y cansancio los envolvía a todos con sus mantas, y los invitaba al descanso eterno.
Siete fueron los hombres ya caídos desde que se adentraron en aquella enorme tumba de agua helada. Mills cayó por un acantilado mientras dormía, al olvidar atarse con sus debidas cuerdas. Herm y Kártstal fueron muertos en el segundo ataque que sufrieron por parte de los bandidos que poblaban la zona. Ni siquiera pudieron tomarse la decencia de enterrarlos, el tiempo se aseguraría de hacerlo con la maldita nieve que los azotaba día sí, día también. Los otros cuatro...
Uf... Sancho tenía demasiado frío y sueño como para seguir pensando en aquello. Más le valía continuar frotándose las manos mientras se acurrucaba lo que podía en aquel saco que escasamente le protegía de la congelación. Intentaba dormir, pero le era imposible por los calambres y dolores que padecía. Los días eran cada vez más largos y cansados. En muchas ocasiones perdía la consciencia durante la marcha misma, y se olvidaba de que caminaba. Se sumía en un solipsismo tal que no oía, no veía, no hablaba, sentía ni olía. Simplemente seguía hacia delante, acompañando a su señor como cualquier buen escudero. Juró en su día sus servicios y no le fallaría jamás. Lo seguiría hasta la muerte y, más tarde, al infierno, si era ese el destino final de su mayor.
-"Ya estoy en el infierno - pensaba -, en un infierno helado"
Pasaba el tiempo, pero Sancho era incapaz de conciliar sueño alguno. Morfeo debió de haberse quedado congelado en lo que se acercaba a abrazarle. Pareció haberse adormilado por fin cuando notó una presión allá donde acababa la espalda. No era un dolor, ni un calambre... No. Necesitaba una letrina. Y por lo que parecía, cada vez la necesitaba con mayor urgencia.
Muy a su pesar, se abrigó cuanto pudo dentro del saco. Salió del mismo, poniendo todo su empeño en no dejar entrar en su interior la mínima brizna de nieve. A excepción de Coello, que montaba guardia, todos estaban durmiendo plácidamente, o tratando de hacerlo. Con toda seguridad, Scrub estaría haciéndose el amor en su saco para entrar en calor; Sancho no tocaría su saco ni por una moneda de plata.
Coello le hizo un vago gesto con la mano al verle y siguió a lo suyo. Sancho se dirigió en la dirección opuesta, fijándose bien donde ponía el pie. No deseaba sufrir el mismo destino que Mills...
Por fin encontró una pequeña oquedad donde dejar aquella carga que tanto le molestaba. Deseaba acabar rápido y volver a su "catre" cuanto antes, el día próximo sería duro, como lo fue el anterior, y el precedente, y todos los días de mierda que había pasado allí. En aquel discreto hueco el viento no lo azotaba con dureza, y podría estar más tranquilo. No perdió un segundo, deslizó los dos pantalones y otras lanas que cubrían sus perneras y se agachó, apoyando la espalda en la pared rígida, fría y pinchuda. Cerró los ojos y se relajó para dejar caer el mal. Tímidamente, quiso escapar de su interior, pero no bastaría con eso, de modo que apretó los gélidos puños e hizo uso de toda la fuerza que le quedaba en sus nalgas de más hielo que de carne. El excremento comenzó a salir al exterior, tiritando casi tanto como el propio Sancho. Sin duda, era grande como la pechuga que se había comido aquella tarde. El escudero continuó con su dura, larga y maloliente actividad mientras perdía de nuevo la mesura de cuanto tiempo llevaría ahí, defecando como un animal. Durante un instante pensó que sus heces se congelarían a medio camino de la libertad, taponando su ano hasta que el propio Sancho tuviera que hacer uso de sus dedos. El sudor perló su frente, y el frío la congeló, creando una corona de escarcha en su calva.
fuuum... Un sonido sordo, calmado y simple fue el que hizo el excremento cuando consiguió salir del todo, cayendo sobre la ya no tan blanca nieve. Sancho cogió aire y respiró, al tiempo que se sacaba el bolsillo algo de papel para limpiar su sucio ano.
fum.. fum... fuuuuum...
Sancho estaba confuso, no notaba nada caer de su interior y, en efecto, no era así. ¿Qué eran esos sonidos? No tardó en darse cuenta cuando unas sombras salían de entre unos arbustos cercanos en dirección al campamento. Instantáneamente, se subió los pantalones y corrió hacia el campamento.
-¡A las armas! ¡Nos atacan! - gritó locamente -.
Las sombras desenvainaron mientras el campamento se levantaba, ataviándose con cualquier equipamiento de combate que tuviera cerca. Mientras corría con su señor, Sancho notaba como los pocos restos de su deyección se frotaban con su piel y calzones, ensuciando todo asquerosamente.
"Una muy sucia forma de empezar un combate" - pensó -.
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