-¡Erste! ¿Es que acaso tienes miedo? - se pitorreaba Manfred, su amigo de toda la vida -.
Los dos adolescentes aburridos en una calurosa mañana de verano habían decidido salir a investigar por los bosques en busca de aventuras para matar el tiempo aunque fuera durante unas horas. Los altos pinos se extendían hasta mucho más de donde alcanzaba la vista, y sus verdes hojas perennes teñían el bosque de alegría y vida. El sol dejaba caer su brillante luz desde lo alto, llenando todo de fulgores y definiendo el tono real de cada color.
Manfred corría a toda velocidad y al joven Erste le costaba mantener el ritmo, sobre todo porque debía tener cuidado con las numerosas piñas que se acumulaban en la alfombra de hierbas y rocas. Cada vez lo sentía más lejos, se estaba cansando. Pareció perderlo, pero lo volvió a divisar más tarde. No obstante, tras caminar durante unos minutos sin rastro de Manfred, notó que se había perdido. Se paró en seco. Viró su vista en los trescientos sesenta grados en busca de su amigo. Nada, ni una sombra difusa del perdido corredor. Estaba solo.
Solo en el bosque.
Pasaban los minutos y Manfred seguía sin aparecer. Erste le llamó varias veces, pero su voz temblorosa no era capaz de alcanzar el mínimo nivel decibélico para que le oyera alguien salvo los árboles que tenía a unos metros. Todavía era por la tarde, y el sol disparaba sus flechas solares en ángulo oblicuo, por lo que había luz suficiente como para ver con claridad. Sin embargo, seguía solo. Solo. El vello se le erizó al notar el suave viento acariciando las rugosas pieles de los pinos y la suya propia. Su mente comenzó a trabajar, a crear ilusiones esperpénticas de la realidad. Oía sin oír, veía sin ver, sentía sin sentir, pensaba sin pensar...
Los árboles parecían hablar, susurrantes, y creía que en cualquier momento iban a abalanzarse sobre él. Un escalofrío recorrió su espalda. Se dio la vuelta rápidamente.
Nada.
Otra vez, giró sobre sí mismo.
Un grupillo de hojas caídas se dejaron llevar por el viento. Todo parecía normal... ¿Lo era, no?
Se sentía desprotegido y vigilado en aquel claro, de modo que se acercó a uno de los rugosos árboles y se sentó ahí. No sabía volver, Manfred había desaparecido.
Y la noche se acercaba silenciosa.
Pasó una hora, dos, tres... El tiempo cuando uno espera sin contador alguno salvo el sol del este es difícil de mesurar. El viento parecía enfurecido, y comenzaba a azotar con crueldad invernal. El pequeño Erste se hizo un ovillo en el suelo, tiritando. Las sombras cada vez eran más grandes y profundas; el crepúsculo marchito las alimentaba y hacía engordar como un gorrino cebado. Los temblores se hacían cada vez más pronunciados en su interior, hasta parecer casi las combulsiones de un enfermo. Ya no solo temblaba sólo por el frío del ambiente, sino por otro frío. Esa sensación que estremece a uno y lo deja sin habla, sin pensamiento, sin capacidad de moverse.
El miedo.
-¿Manfred? - llamó al aire Erst en un sollozo apagado -. Manfred, vámonos a casa... Sólo quiero volver a casa... Man...
"Crsh", el sonido de una rama partirse le hizo dar un respingo que lo puso firme, de pie. Se apoyó con mayor fuerza al árbol que tenía detrás. Y... notó como algo bombeaba a su espalda... Los árboles siempre están quietos, inmóviles... Pero algo bombeaba detrás...
Su corazón se encogió, percutiendo su pecho con mayor violencia. Girándose con puro terror notaba que se iba a desmayar en cualquier momento. El sudor caía por su cabeza como hielo derritiéndose. Entrecerró los ojos, incapaz de ver lo que fuera que tenía detrás.
-Buh!
Erst gritó y se tapó con sus brazos, defendiéndose del supuesto monstruo que comenzó a reírse con la voz de Manfred. Se quitó los brazos de su campo de visión y ahi estaba, su amigo de toda la vida, dejando escapar una lánguida risotada. En ese momento, en lo único en lo que Erst pudo pensar fue en respirar hondo, todo había pasado.
-Vamos, Erst, ¿Te habías asustado de verdad? Me había...
El torso entero de Manfred explotó, manchando la cara de Erst de sangre caliente y asustada. Una criatura delgada de color grisáceo y ojos rojos retiró su brazo con el que había atravesado a su amigo, ahora con una mueca de espanto y cuerpo trémulo, y lo dejó en el suelo mientras abría la boca para dejar escapar un gruñido bajo y gutural, mientras cientos de gusanos, arañas y milpies caían de entre sus afiladas fauces para depositarse sobre el suelo y dirigirse hacia él...
Y la criatura lo agarraba por el hombro; su mandíbula dejó libre una áspera lengua que levantó su piel al tacto, al tiempo que la oscuridad ensombrecía su visión entre los afilados colmillos amarillentos y podridos de aquella bestia informe y maldita.
jueves, 17 de mayo de 2012
miércoles, 9 de mayo de 2012
Un trueque ya innecesario (2º Parte)
-Otra vez, por favor... - se limitó a rogar el muchacho en la décima ocasión -.
Esconder tu tristeza detrás de las ardientes placas de la ira: ese era el modo de vida del muchacho sufridor. Caminar hacia el puesto del trueque derramando ríos de lágrimas, y volver corriendo en llamas acompañado por el tétrico dúo de carcajadas que formaban el dependiente y el eco que reverberaba maliciosamente por todo el pasillo. Aquellas llamas quemaban su cuerpo. Le destruían por dentro, pero por lo menos le permitían no suicidarse por la pena.
Una vez, dos veces, tres veces, y otra; y después, la siguiente...
La ira permite vivir. Te despiertas por la mañana de un salto, persigues tus objetivos con mayor fiereza, y eres más voraz ante los que intentan hacerte daño. La ira es el mejor acompañante de un hombre destruido...
Se sentía alegre. Era una falsa sensación oculta tras su yelmo de guerra. No obstante, su vida continuó, enjendró nuevas experiencias y cultivó aspectos antes ocultos de su interior. La semilla se abrió, dejó escapar su Luz y germinó una nueva vida que, esta vez había enterrado sus raíces aún más hondo; para ser capaz de aguantar con mayor fortaleza los ataques y absorber de la Tierra los nutrientes que de verdad le hacían bien, despojándose de aquellos que sólo daño le habrían hecho daño.
Ecléctico, eléctrico, no más tétrico salvo en el arte. Eso sería un caso aparte. Todo cambiaba mientras el mundo y los relojes daban vueltas sin parar, en el frenesí inexorable del paso del tiempo. Curandero viejo, experimentado, sanador de almas y filtro de recuerdos: El tiempo.
Capaz de curarlo casi todo, de llevarte de la mano con Olvido para que lo malo pasado desapareciese de tu Realidad. Siempre hay otra oportunidad, una posibilidad más.
Un camino hacia la Felicidad.
Las pesadas botas pisaban el suelo del luengo pasillo. Más, no obstante, esta vez no se iban arrastrando como la primera vez. Pisaban el suelo con la firmeza del hombre seguro de sí mismo, pero no eran iracundos ni imperiosos como los de un gigante exasperado. Percutían las baldosas con la delicadeza de dos plumas:. sin ruido, sin ira, sin mal...
Ya le esperaba el comerciante adulador y de lengua bífida, que tanto le había ayudado, pero que a la vez tanto había quemado su interior. Su sonrisa burlona y tramposa le saludaba, pero sólo provocaron un brufido y una sonrisa incluso nostálgica por parte del poderoso muchacho.
-¿Máas...? - preguntó al muchacho -.
Él negó con la cabeza, sonriendo sin despegar sus labios, lo que pareció contrariar a su interlocutor.
-¿Es que acaso no necesitas la ira? ¿Cómo viviras sumido en la tristeza? ¡No podrás! ¡Te hundirás!
Se dirigía hacia él atravesando su mostrador cual fantasma. Y en el preciso momento en el que se disponía a tocar al joven éste se encendió en llamas. Llamas rojas pasión, amarillas esperanza, y naranjas confianza. El viejo mordaz se echó hacia atrás, sorprendido y asustado.
-No... - dijo él -. No necesito más tu ira perniciosa. Me basto de mi fuerza para seguir adelante. Tu timorata actitud fue de ayuda cuando no tenía esperanza ni fuerza como para levantarme cada mañana. Todo ha cambiado ya. Soy más que antes. Soy libre, soy fuerte, y ¡Estoy vivo!
Las llamas se avivaron al compás de sus palabras. Él extendió los brazos, mostrando al comerciante acabado que nunca más le engañaría. Su palma abarcó los ciento ochenta grados, quemando la tienda.
-Te has quedado sin negocio... - se mofó el muchacho con elegancia -.
Los gritos de ira y desesperación por parte del timador cuya tienda se había chamuscado no hicieron mella alguna en el joven, que volvía junto con sus abrasadoras llamas de vuelta. Volvía envuelto en llamas sí, pero no como las otras veces. Éstas no le quemaban. La ira era sólo una emoción más, no le era necesaria como escudo. No más cambios, no más tristeza incontrolable. No más ira chamuscadora. Cuerpo libre, mente tranquila. Alegría, tranquilidad, confianza, esperanza... Esto era el amanecer del fuego y una nueva vida.
Y, se dio cuenta, de que esta vez un sentimiento diferente era el que albergaba su corazón. No era desesperación por sentirse bien. No era petulancia falsa ni prisa por mantenerse con esa sensación tan agradable, pues más tarde volvería el mal. No... La manera de sentirse de aquel momento era firme y numeroso cual imperio fiel. Era algo que hacía mucho que no sentía, cuya palabra casi había olvidado, pero que pronto llegó a su memoria a la velocidad de una estrella fugaz en su paso por el cielo. Sí...
Felicidad.
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