domingo, 29 de abril de 2012

Un trueque ya innecesario (1º Parte)

La primera vez... Hace de eso ya unos meses. Arrastraba sus pesadas botas por aquel solitario y luengo pasillo de paredes del color del carbón y la muerte. 
Solo. Derrotado. Débil. Triste. Inerte. 
Una cascada de lágrimas nacía en sus cuencas y se dejaba caer por sus pómulos, sedimentando la pena por su rostro. Aquellas lágrimas estaban envenenadas de mal, de autodestruccion, de falsos sueños. Eran como un gusano que se movía por todo su cuerpo, arrasando todo lo que encontraba, destruyéndolo por dentro.
Llegó al final de su camino, encontrándose con lo que andaba buscando desde el mismo principio. 
Era un humilde puesto, como aquellos que se concentran en los mercados vendiendo cualquier tipo de producto que el consumidor pueda ocurrírsele. No obstante, este puesto era muy distinto. Aquí no se compraban objetos de ningun tipo. No comerciaba con algo material, tangible... No. Él hacía trueques.
Unos cambios algo especiales.

El aspecto del vendedor recordaba a la misma locura. Locura dentro de una mente loca... ¡Que ironía! Vestia una túnica gris de mangas excesivamente anchas para lo escualido que era. Su cabello iba a juego con la túnica: grisácea y larga. Su rostro, como todo lo que rodeaba aquel lugar, era un retrato del desequilibrio, la demencia y la paranoia. Párpados caídos de ojos fijos y sonrisa burlona y retorcida, incapaz de ser detenida.
- Me necesitas... - aseguró el vendedor -. Estas desequilibrado, eres la viva imagen mía de joven. Te consumes... ¡Sí, te consumes!
Y escupió una carcajada sonora y morbosa.
- He venido a hacer un intercambio - dijo -.
- Oh... - respondió el otro entre risitas -. Tu pena por odio pues... - Sonrió -. Aquí tienes...
Y una sombra, un holograma del muchacho que era el desánimo por antonomasia, escapó de él y se quedó con el esotérico vendedor. A la vez, un torrente de fuego penetró por todas las cavidades del muchacho: Orejas, boca, incluso poros de piel...

Volvía por el mismo pasillo de antes. Ya no había lágrimas, ya no había pena o derrota. La ira corría por sus venas y lo revolucionaba. Era una máquina, un huracán imparable. Nadie iba a pisotearle. Nadie le heriría. 
La ira y el odio le alimentaban. Le permitían vivir, pues la tristeza era tan grande que posiblemente le corrompería. El enfado, la motivación del mal y de estar por encima. Ese era su alimento. 
Eso le hacía sobrevivir.

martes, 24 de abril de 2012

Viajé, amé, perdí, confié y me traicionaron. (Tributo a un libro que admiro)

He emprendido una marcha a los lugares más remotos de mi mente,
jugado con los axiomas de los racionales y alcanzado una respuesta fértil,
y vivido de espaldas a las dos Realidades hasta tener dos caras para cada una.
Amé a mis semejantes y los protegí de todo mal.
Me mantuve en vela desde el amanecer del amor hasta su triste ocaso,
y sobreviví a las noches de la ira, la tristeza y la desesperanza...

Soy Manuki, 
quizá hayas oído hablar de mí.